01/02/2012

Unas palabras sobre las alabanzas

¿Qué queremos decir cuando nos referimos a una pintura como “admirable”? evidentemente, no queremos decir que es admirada (aunque puede serlo), ya que miles de personas admiran obras malas y las buenas se pueden ignorar. Tampoco que merezca admiración en el sentido en el que un candidato merece una calificación alta por parte de los examinadores, pues no se comete una injusticia con un ser humano si no se le da un premio. El sentido en el que la obra “merece” o “reclama” admiración es más bien este: la admiración es la respuesta correcta o apropiada a ella; y que sino la admiramos, será que somos tontos, insensibles y grandes perdedores, pues nos habremos perdido de algo de valor. En ese sentido se puede decir de muchos objetos, tanto en la naturaleza como en el arte, que merecen, son dignos de, o reclaman admiración. (…)

(…) nunca había advertido que todo placer deriva espontáneamente en alabanzas hasta que (a veces incluso) la timidez o el miedo a aburrir a otros nos hace reprimirlas. El mundo se mueve gracias a la alabanzas, los amantes elogian a sus parejas, los lectores a sus poetas preferidos, los caminantes al paisaje, los jugadores a sus deportes favorito; se alaba el clima, los vinos, la comida, los actores, los motores, los caballos, las universidades, el campo, los personajes históricos, los niños, las flores, las montañas, los sellos raros, los escarabajos de especies infrecuentes, incluso a algunos políticos o eruditos. No me había dado cuenta de cómo las mentes más humildes, y al mismo tiempo más sensatas y capaces, alaban continuamente, mientras que los cascarrabias, los inadaptados y los descontentos alababan menos. De cómo los buenos críticos encontraban algo que elogiar en muchos libros imperfectos; y los malos continuamente constreñían la lista de libros que uno debería leer. El hombre sano y natural, aunque haya recibido una educación lujosa y tenga amplia experiencia en alta cocina, alabará una comida modesta; el desdeñoso y esnob le encontrará fallo a todo. Excepto cuando interfieran circunstancias adversas intolerables, los elogios parecen ser una muestra de salud interna en voz alta. Y no deja de ser así cuando, a pesar de la falta de destreza, las formas de su expresión sean zafias o ridículas. Bien sabe Dios que los poemas de alabanzas dirigidos a una amada terrenal son tan malos como nuestros peores himnos.1 Tampoco me había dado cuenta que, del mismo modo que los seres humanos alabamos espontáneamente lo que valoramos, con la misma espontaneidad urgimos a que otros se unan a nuestros elogios: ¿No es estupendo? ¿No fue increíble? ¿No lo ves magnifico? Los redactores de los Salmos, al pedirle a todo el mundo que alabe a Dios, está haciendo lo que hacemos todos al hablar de algo que nos importa.


Creo que nos gusta elogiar lo que disfrutamos porque la alabanza no solo expresa, sino que también completa el placer, es el reconocimiento de su consumación. Que los amantes se digan continuamente lo bellos que son no se debe aun cumplido, sino que su placer es incompleto hasta que se expresa. Es frustrante haber descubierto a un nuevo autor y no poder contarle a nadie lo bueno que es; encontrarse, al doblar una curva de carretera, con un valle montañoso de una grandeza inesperada y tener que guardar silencio porque quienes están contigo les importa menos que nada…


C.S. Lewis, Reflexiones sobre los salmos

1 Entiéndase cantos religiosos

17/01/2012

Simplicidad

"¿Por qué asumimos que lo sencillo es bueno? Porque con los productos físicos tenemos que sentir que podemos dominarlos. Si consigues imponer el orden dentro de la complejidad, encuentras la forma de que el producto se rinda ante ti. La sencillez no es simplemente un estilo visual. No es solo el minimalismo o la ausencia de desorden. Es un concepto que requiere sumergirse en las profundidades de la complejidad. Para conseguir una auténtica simplicidad, hace falta llegar hasta lo más hondo. Por ejemplo, para que algo no lleve tornillos, a lo mejor necesitas un producto muy enrevesado y complejo. La mejor forma de enfrentarse a ello es profundizar más en la simplicidad, comprender todos los aspectos del producto y de su fabricación. Tienes que entender en profundidad la esencia de un producto para poder deshacerte de todos los elementos que no son esenciales."


Jonathan Ive en Steve Jobs. La biografía (Walter Isaacson)

09/01/2012

Espacios privados

    La sociedad masiva, estandarizada y metropolitana, donde el gusto se homogeniza al punto de universalizarse, dispone de su correspondiente teoría urbana que rinde culto al espacio público, convertido en plazas y bulevares, de grandes y variadas expresiones de lugares donde la multitud celebra su existencia en el acto colectivo del encuentro casual, la comunicación, el intercambio y otras manifestaciones sociales sobre las cuales dan cuentas los sociólogos, urbanistas, antropólogos y otras ramas del conocimiento humano. El individuo, como ser social, se expone públicamente ante los ojos de todos y puede disfrutar del espectáculo privado de mirar a cualquiera y reflexionar, a la vez que es observado.

    El espacio público es un gigantesco escenario del espectáculo social, y el espacio mitificado del ocio, del tiempo libre, es el lugar donde la gente camina, disfruta de la libertad y usufructa el bien común. Hoy es el argumento compensador para la ciudad contemporánea, que encierra entre sus muros las actividades del ágora clásica. En efecto, el tribunal y el mercado así como también las funciones y actividades públicas, actualmente se localizan dentro de los edificios, de tal manera de reproducir el espacio público significa brindar funciones de esparcimiento y cultura.

    Así, los espacios públicos están dotados de los servicios necesarios para el disfrute y el entretenimiento, la formación y la información, para los cuales las autoridades municipales y demás instituciones disponen de jardineras, aceras, bancos, exposiciones y espectáculos artísticos. Pero el mayor espectáculo es la gente que, como uno, transita descuidada y placenteramente. Este fenómeno recíproco de imágenes estimula los deseos de mostrarse, de exhibirse, para el cual hay una instancia anterior, que tiene carácter absolutamente privado: prepararse para esta exhibición requiere la privacidad de una autorreflexión acerca de cómo se presenta uno en público, porque no es cuestión de disolverse en la masa y perder sus propios rasgos. No se trata de formar parte de esa materia homogénea que describía Elías Canetti en Masa y poder, sino, por el contrario, disfrutar del espacio público para celebrar la individualidad, la unicidad del ser.

    Desde otro punto de vista se busca el espacio público para pasar inadvertidos. En efecto, en la multitud no solamente se homogeniza, sino que conforma una nueva entidad y los comportamientos individuales se diluyen y carecen de importancia. El anonimato está garantizado en la multitud, y el modo más efectivo para pasar desapercibido es mezclase entre la gente. Sea por razones de seguridad como por el destino metropolitano, la gente que ocupa el espacio público se convierte en masa y pierde identidad, obedece los programas que se le imponen y responde del mismo modo al mismo estimulo: aquí Elías Canetti tenía razón.

     En ciertas circunstancia el anonimato tiene sus ventajas, pero la privacidad de los actos no es garantizable, porque en tanto que masa, ellos no existen. Esta explicación sociológica tiene su contrapartida en la esfera de la tecnología, porque la insaciable necesidad de conocer ha llegado al punto que existe una red de satélites observando a nuestro planeta con tan asombrosa precisión, que permite acercar su mirada con el detalle de centímetros hacía los hombros de cualquier ciudadano que transite por cualquier calle del mundo.

    Un satélite que puede llamarse GOES, NUMBUS, LANDSAT, SPOT, ERS 1 y otros que el universo de las tecnologías avanzadas guardan celosamente en reserva, permite observar hasta el mínimo detalle no solamente de lo que está ocurriendo con el planeta Tierra y sus características físicas, sino también con sus componentes sociales. Un satélite es capaz de sacar una foto de una muchacha tendida en la playa tomando sol e identificar la marca del bronceador que la acompaña o introducirse en los orificios de la nariz para informarse de la mucosidad alojada, cual simple dedo. Los sistemas de información realizan su tarea escudriñadora con tal eficacia que ya nadie puede conservar la privacidad, donde quiera que se encuentre.

    El cura de la parroquia perdió el monopolio de la gran vigilancia y ya no puede decir que no cometamos pecado porque hay Uno allá arriba que observa a todos los mortales: ahora son varios que lo están haciendo y detrás de ellos, miles que están decodificando. Por tal motivo hay que portarse más que bien, hay que ser obedientes porque no solo hay que obedecer las leyes divinas, sino también las leyes de los hombres.

    Entonces la búsqueda del espacio privado obliga en primera instancia a un alejamiento del territorio de lo público y a iniciar un repliegue que culmina en el ámbito doméstico. En efecto, la vivienda parece conformar el deseado recinto de la privacidad, pero cuando se llega al edificio, una cámara de televisión registra las entradas y salidas y todos los movimientos de quienes transitan por ahí; luego, dentro del apartamento, si bien la familia celebra la aparición de cualquiera de sus miembros, no dejan de ser testigos y jueces cotidianos de la apariencia, el estado de ánimo, los gestos y hasta escudriñan el pensamiento. Acorralados de tanto control y pérdida de privacidad, se opta finalmente por encerrarse en el baño, lugar culturalmente consagrado como íntimo. Pero la desprejuiciada relación familiar moderna expone este recinto al transito indiferente de la pareja, hijos y animales domésticos. En efecto, este recinto se ha desacralizado y como en la decadencia romana, el templo se convirtió en mercado.

    Vida contemporánea y tecnologías para el conocimiento acorralan hasta tal punto la privacidad que se puede llegar a sospechar que esta búsqueda es solo un inútil despojo anacrónico de romanticismo. Sin embargo, existen indicios de que en el fondo, todavía es un valor a conservar, y con este propósito, el ser humano continua persiguiendo la privacidad.

    Frente a esta endemoniada realidad, rastreamos la posibilidad de un espacio garantizado en su privacidad, donde nadie más que uno mismo es testigo del acto reservado. Una posibilidad, aunque no la única de preservarla, puede ser la paradoja de encontrarla en el espacio público, donde la masa aparentemente homogénea, está compuesta de infinita cantidad de personas que guardan celosamente su privacidad y el anonimato del transeúnte en la ciudad contemporánea no es más que una estratagema para guardar celosamente su privacidad: de allí el silencio, la máscara de indiferencia y la mirada lejana de mucha gente que vemos transitar por las calles. Por fortuna, pese a tanta sofisticación tecnológica de los satélites, todavía no se logrado escudriñar el alma.

Alberto Sato Cotani, Cotidiano Manual de instrucciones.

PD: Ojalá no me agarre la SOPA

21/06/2011

No creo en nadien

Hay personas que viven en una pelea constante contra la vida, el mundo o la gente. Una de las razones del por qué son así es que tal vez no le ha tocado una vida fácil, y por eso viven en una desconfianza, un reproche o un rencor.
Un rencor que es infundado porque parte de la base : lo que me toca vivir, ha sido por culpa de otras personas, sus vidas son así porque tal o cual persona hizo o no hizo. Lo que a mi me parece una tonta excusa para no asumir ninguna desición, conformarse y no cambiar sus vidas, el rencor es la peor parte, porque nada mas están esperando el momento para el desquite, como aquel que no ha tenido mucho en la vida y dice: ya verán cuando tenga dinero. La expresión nace de las ganar de desquitarse con el mundo o de quienes sean los culpables de su supuesta forma de ser o estar. Sé que algunas veces la vida es difícil, pero esa actitud de “no creo en nadien”, no la hará más fácil, tal vez la empeore.

15/02/2011

E-books


  Los llamados e-books como artefacto tecnológico propio de esta era informática permiten almacenar un gran volumen de información en un espacio muy pequeño, puedo tener casi mil libros o más en un aparato (para que se hagan una idea) que no mide, ni pesa, más que un libro de bolsillo de unas 300 páginas1. Su pantalla es lo novedoso del asunto ya que no funciona como la pantalla que tienen en frente, es decir, como la de una computadora o celular, sino que funciona con una tinta electrónica que hace que las palabras se vean prácticamente igual a un libro impreso. El beneficio y las comodidades que representa sobra decirlas, en estos libros como en los físicos, también podemos hacer notas y subrayados, incluso compartirlas en Internet, hacer búsquedas de algún texto por toda tu biblioteca rápidamente. Algo que suele pasarme con el libro tradicional, es que cuando quiero buscar algún fragmento de un texto y no recuerdo exactamente en qué libro o página lo leí, porque cuando lo hice no lo resalté, tal vez en el momento no me interesaba, o incluso resaltándolo, me toca gastar tiempo en revisar página por página y libro por libro hasta que quizá pueda conseguirlo2, con el e-book o con los libros digitalizados (también funciona en el ordenador) me ahorro ese largo proceso, simplemente pongo las palabras relacionadas con la cita y el tiempo de búsqueda se reduce en comparación, casi al instante, ¡una maravilla!

    Unos de los motivos de mayor fuerza que tuve para comprar este artefacto, es que tengo una gran cantidad de libros digitales y, no quiero quedarme ciego; el Internet me ha permitido hacerme de libros que en las librerías de mi ciudad o país, son imposibles de conseguir y otros, imposibles de pagar. Sin lugar a duda, sino tienes dinero se hace cuesta arriba acceder al conocimiento.

    Aunque es una buena herramienta para tener una biblioteca en el bolso, poder leer sin estropear tu vista, tener acceso a más libros, organizar notas, citas y ubicar textos rápidamente; tiene una desventaja, no resulta muy útil en lecturas de investigación o estudio3, aquí es superado por el libro físico, cuando investigamos, tenemos que consultar varios libros a la vez, tenerlos abiertos en el escritorio, moverlos, subrayarlos, pasar páginas, comparar textos, etc. El diseño tan manejable del libro físico el e-book no lo logra alcanzar hasta ahora, y he aquí otro detalle, pues como tecnología incipiente seguro quedará obsoleta en algunos años, como ya es costumbre. Cuando lo he mostrado la mayoría de las personas pregunta « ¿pero no es a color? » y es quizás otra desventaja, sin embargo, seguro entre lectores asiduos no tenga tanta importancia este hecho. Como es el caso de un viejo y gran lector amigo mío, que al mostrárselo dijo emocionado “que ipod, ni que ipad, este es el invento del siglo”



1 Es así en el que yo adquirí, esto variará del modelo y marca del e-book.

2 Sé que hay una cosa mucho más decente para organizar las citas como lo es la ficha. Aunque no es infalible porque puede que no se haya fichado lo que ahora te interesa buscar.

3Es muy útil, cuando investigamos un tema, como dije anteriormente podemos buscar en un segundo en nuestra biblioteca, los libros en que se mencione, por ejemplo: Las invasiones bárbaras, la dificultad surge cuando vas a empezar a trabajar en los libros encontrados.

24/01/2011

La mentira del éxito II/II

    Cogiendo un ejemplar de una revista de amplia circulación, me encuentro con un ejemplo raro y divertido. Es un artículo titulado “El instinto que enriquece a la gente”, en su primera página hay un retrato enorme de Lord Rothschild. Hay muchos métodos concretos, honrados y fraudulentos, de amasar una fortuna. El único instinto que conozco que haga esto, es el instinto que la teología cristiana llama, con tanta ordinariez, “el pecado de avaricia” Lo que, por supuesto, queda al margen de la cuestión que nos  ocupa. Citaré un párrafo, una muestra exquisita del típico consejo sobre la manera de triunfar.  Es tan práctico que apenas deja lugar a la duda sobre cuál debe ser el siguiente paso.

El apellido Vanderbilt es sinónimo de riqueza amasada por empresas modernas. Cornelio, el fundador del clan, fue el primer gran magnate americano del comercio. Empezó en la vida como el hijo de un granjero pobre, terminó siendo veinte veces millonario. Suyo era el instinto de ganar dinero. Atrapó al vuelo las oportunidades que le proporcionaron las maquinas de vapor, el comercio trasatlántico y el nacimiento del sistema de ferrocarriles en Estados Unidos, dotados de recursos materiales que estaban por explotar. Por todo ello, amasó una fortuna inmensa.

Por supuesto, esta claro que no  se pueden seguir exactamente los pasos de este monarca de los ferrocarriles. Las oportunidades concretas que se le aparecieron no surgen ante nosotros. Las circunstancias han cambiado. Pero aunque esto sea así, en nuestro entorno podemos aplicar sus métodos generales. Podemos atrapar las oportunidades que se nos ofrecen y así darnos a nosotros mismos una buena posibilidad de alcanzar la riqueza.

En estos comentarios tan raros, vemos claramente lo que subyace en estos artículos y libros. No es simplemente el mundo de los negocios, ni siquiera el puro cinismo. Es misticismo, el horrible misticismo del dinero. El autor de ese párrafo, evidentemente que no tenia la más remota idea de cuál fue la manera en que Vanderbilt amasó su fortuna,  ni de la manera en que nadie lo hace.  Termina su argumentación defendiendo una especie de plan que no tiene nada que ver con Vanderbilt. Simplemente, ansiaba postrarse a los pies del misterio de un millonario. Porque cuando de verdad se adora algo, amamos tanto su claridad como su oscuridad. Nos sentimos exultantes ante su invisibilidad. Por ejemplo, un hombre que ama a una mujer encuentra un placer especial incluso en los momentos en que ella se muestra poco razonable. O, por poner otro ejemplo, un poeta místico muy piadoso, alabando a su creador, se enorgullece al decir “que misteriosos son sus caminos”.

    Ahora bien, el autor de este párrafo, es evidente que no quiere saber nada de Dios y a juzgar por lo poco práctico de su carácter, es dudoso que alguna vez conociese, de verdad, el amor de una mujer. Pero trata al objeto de su adoración, Vanderbilt, con idéntico misticismo. Se regodea en que su dios, Vanderbilt, le oculta algo. Tiene el alma embelesada de astucia, un éxtasis propio de un sacerdote, con la pretensión de que va a revelar a las multitudes el terrible secreto que él mismo ignora. Hablando del sentido que enriquece, el mismo autor escribe:

En la antigüedad, su existencia era claramente reconocida. Los griegos la sacralizaron en la historia de Midas, que convertía en oro cuanto tocaba. Su vida era un paseo por entre la riqueza. Convertía en metal precioso todo lo que se le ponía por delante. Una leyenda estúpida, dijeron los sabios victorianos. Una verdad, decimos hoy en día. Todos  conocemos hombres semejantes. Siempre estamos leyendo sobre hombres capaces de convertir todo en oro, incluso les vemos en persona. El éxito les sigue como un perro faldero. El sendero de su vida siempre les conduce a las alturas. Son incapaces de fracasar…

    Pero, desgraciadamente, Midas podía fracasar. Fracasó. El sendero de su vida no le condujo siempre hacia las alturas. Se murió de hambre por que cada vez que tocaba una galleta o un bocadillo de jamón se convertían en oro. Eso era lo fundamental de la historia por más que el autor lo censure. Lo que me parece de muy buena educación al escribir al pie de un retrato de Lord Rothschild. Las viejas fábulas de la humanidad son, en verdad, insondablemente sabias, no debemos permitir que las censuren para favorecer a Lord Rothschild. No debemos tolerar que nos pongan a Midas como modelo de éxito. Fue un fracaso de un tipo raro por lo doloroso. Además tenia orejas de burro. Como otras personas  prominentes y ricas, intentó ocultarlo. Si no recuerdo mal, buscó a este respecto la confianza de su barbero. Y fue su barbero, quien en lugar de comportarse como un triunfador de la escuela del éxito a toda costa y chantajear a Midas,  fue y susurró este magnifico cotilleo a los juncos, que disfrutaron del mismo enormemente. También se dice que los juncos se lo susurraron a los cuatro vientos mientras estos les mecían.  Contemplo admirado el retrato de Lord Rothschild, leo admirado sobre las andanzas del Sr.Vanderbilt. Sé que no puedo convertir en oro cuanto toco. Pero es que nunca lo he intentado porque prefiero otras cosas, como la hierba o el buen vino. Sé que estas personas ciertamente han triunfado en algo, es seguro que han derrotado a alguien, sé que son monarcas de una manera en que ningún hombre lo fue previamente, que crean mercados y dominan los continentes. Sin embargo, me parece a mí  que nos están ocultando alguna pequeña anécdota de su intimidad domestica, y, a veces, he creído  escuchar en el viento las carcajadas de los juncos.

    Esperemos al menos que viviremos para ver estos absurdos libros cubiertos del escarnio que merecen y siendo olvidados. No enseñan a la gente a triunfar pero sí a ser arrogantes sin razón. Enseñan una poesía maligna de lo mundano. Los puritanos siempre están atacando los libros que excitan la sexualidad. ¿Qué  haremos con libros que excitan las pasiones más mezquinas del orgullo y la codicia?  Hace cien años, contábamos con el ideal del aprendiz trabajador. Se decía a los muchachos que si trabajaban mucho  y ahorraban llegarían a ser senadores. Era mentira pero era viril. Contenía al menos algo de verdad moral. En nuestra sociedad, la templanza no ayuda a un hombre pobre a enriquecerse pero eleva su autoestima. Un trabajo bien hecho no le hará rico, pero le convertirá en un buen trabajador. El aprendiz trabajador ascendía por medio de virtudes que eran estrechas y angostas. Pero eran virtudes. ¿Pero qué se puede hacer con este nuevo evangelio del aprendiz trabajador que asciende, no por medio de sus virtudes, si no dejándose llevar descaradamente por sus vicios?

G.K. Chesterton

18/01/2011

La mentira del éxito I/II

    Han surgido en nuestros días, un tipo en particular de libros y artículos que creo firmemente que pueden considerarse los más idiotas que ha conocido la humanidad. Son más descabellados que la novela de caballerías más absurda, más aburridos que el más soporífero panfleto religioso. Con la agravante de que las novelas de caballerías trataban del ideal del caballero andante, los panfletos religiosos de la religión, pero estos no tratan de nada. Tratan de lo que llaman triunfar. En cada quiosco y en cada revista, encuentras obras que le explican a la gente como triunfar en lo qué sea. Están escritos por gente que ni siguiera triunfa en escribir un libro. Para empezar, no existe, por supuesto, el éxito. O, por así  decirlo, no hay nada que no lo sea. Decir que algo es un éxito sencillamente es decir que existe. El millonario es un éxito siendo un millonario y un asno siendo un asno. Cualquier persona viva triunfa en la empresa de seguir viviendo, y cualquier muerto puede decirse que ha tenido éxito suicidándose. Pero, al igual que hacen estos  escritores, pasemos por alto la mala filosofía y deficiente lógica de la frase, usaremos el sentido común de la expresión que dice que el éxito es ganar mucho dinero o triunfar en sociedad. Estos escritores pretenden decirle a un hombre corriente cómo puede triunfar en su trabajo o negocio. Si es un albañil, cómo triunfar poniendo ladrillos. Si es un agente de bolsa, cómo triunfar negociando valores. Pretenden decirle cómo, si es un tendero, se convertirá en el dueño de un yate, si es un periodista de tercera, en un par del reino, si es un alemán, en un inglés. Es una clara proposición mercantil  y creo que la gente que compra estos libros, si es que alguien lo hace, tiene el derecho moral, si no legal, de exigir que les devuelvan el dinero. Nadie se atrevería a publicar un manual sobre electricidad que literalmente no dijese nada sobre la electricidad, o una articulo de botánica que  dejase claro que el escritor no sabe que extremo de la planta hecha raíces en el suelo. Sin embargo, el mundo actual esta repleto de libro sobre el éxito y los triunfadores que, hablando estrictamente, no contienen idea alguna y apenas están redactados coherentemente.

    Está muy claro que en cualquier trabajo honrado, como poner ladrillos o escribir libros, solo hay dos maneras de triunfar. Una es trabajando muy bien, otra engañando a la gente. Las dos son demasiado sencillas cómo para requerir que las expliques en un libro. Si te dedicas al salto de altura, o saltas más alto o de alguna forma aparentas que lo has hecho. Si quieres triunfar jugando al whist, o juegas muy bien o llevas cartas marcadas. Puedes desear un libro sobre el salto de altura, puedes desear un libro sobre la cómo jugar al whist, puedes desear un libro sobre la manera de hacer trampas jugando al whist. Lo que no puedes desear es un libro sobre el éxito. Y menos como los que encuentras por centenares esparcidos por el mercado editorial. Puede que desees saltar o jugar a las cartas, pero lo que no puedes desear es leer frases inconexas que te dicen que saltar es saltar o que los juegos los ganan los ganadores. Si, por poner un ejemplo, esta gente escribiese algo sobre el éxito en el salto de altura, sería algo así: El saltador debe tener un objetivo definido en frente de sí. Debe desear saltar más alto que los demás competidores. No debe permitir que patéticos sentimientos de piedad, propios de pacifistas o partidarios de los Boers, le frenen a la hora de dar lo mejor de sí mismo. Debe recordar que una competición de salto es competitiva y como Darwin ha declarado para su gloria LOS DEBILES AL PAREDÓN.

     Esto es lo que pondría en un libro de estos. Podría resultar sin dudarlo, muy útil. Sobre todo si se lee, en voz baja y tensa, a  un hombre joven que estuviese a punto de participar en una competición de salto. O supongamos que estos filósofos del éxito, en uno de sus paseos, se encontrasen con nuestro segundo ejemplo. Esto es lo que dirían: jugando a las cartas, es necesario evitar el error, en el que incurren con frecuencia humanitarios sentimentales y partidarios del libre comercio, de permitir ganar al contrario. Hacen falta agallas y entrar para ganar. Los tiempos del idealismo y la superstición han pasado. Vivimos en una época de ciencia y sentido común, y se ha demostrado científicamente que en un juego para dos personas, GANA UNO DE LOS DOS.  Por supuesto, todo esto es muy  emocionante. Pero jugando a las cartas, preferiría tener un librito que explicase las reglas del juego. Más allá de las reglas del juego, es cuestión de talento o de falta de escrúpulos. Ya me ocuparé yo de proporcionar uno u otra. Aunque no diré cual.  

G.K. Chesterton

Continúa…