20 mar. 2013

Diferencias

     No es cierto que un credo una a los hombres. No, una diferencia de credos une a los hombres mientras sea una diferencia clara. Una frontera une. Muchos magnánimos musulmanes y caballerosos cruzados debieron estar más cerca unos de otros, porque ambos eran dogmáticos, que dos agnósticos desamparados en un banco de una capilla "Yo digo que Dios es Uno" y "Yo digo que Dios es Uno y Tres" es el principio de una buena amistad masculina pendenciera. Pero nuestra época convertirá esos credos en tendencias. Dirá al trinitario que siga la multiplicidad como tal (porque ese es su temperamento) y aparecerá más tarde con trescientas treinta y tres personas en la Trinidad. Mientras tanto convertirá al musulmán en monista: una trágica decadencia intelectual. obligará a esa persona previamente saludable no solo a admitir que hay un Dios, sino que no hay nadie más (...) ambos aparecerán de nuevo, el cristiano como politeísta y el musulmán como panegoísta, ambos bastantes furiosos y mucho menos dispuestos a entenderse mutuamente que antes.

G.K. Chesterton

14 mar. 2013

Opinión, razón y democracia

"Una cosa puede ser blanca o negra, blanquinegra, gris, pero no al mismo  tiempo totalmente blanca y totalmente negra."

     Actualmente se ha extendido una versión que me parece errónea de la relación entre la capacidad de argumentación y la igualdad democrática. Se da por supuesto que cada cual tiene derecho a sus propias opiniones y que intentar buscar la verdad (no la tuya ni la mía) es una pretensión dogmática casi totalitaria. En el fondo, no hay planteamiento más antidemocrático que este. La democracia se basa en el supuesto de que hoy no hay hombres que nazcan para mandar ni otros para obedecer, sino que todos nacemos con la capacidad de pensar y por tanto con el derecho político de intervenir en la gestión de la comunidad de la que formamos parte. Pero para que los ciudadanos puedan ser politicamente iguales es imprescindible en cambio que no todas sus opiniones lo sean. debe haber algún medio de jerarquizar las ideas en la sociedad no jerarquica, potenciando la más adecuadas y desechando las erroneas o dañinas. en una palabra buscando la verdad. Tal es precisamente el uso de la razón la cual todos compartimos (antaño las verdades sociales la establecían los dioses, la tradición, los soberanos absolutos. etc) en la sociedad democrática, las opiniones de cada cual no son fortalezas o castillos donde encerrarse como forma de autoafirmación personal: "tener" una opinión no es "tener" una propiedad que nadie tiene derecho a arrebatarnos. Ofrecemos nuestra opinión a los demás para que la debatan y en su caso la acepten o refuten, no simplemente para que sepan "dónde estamos y quiénes somos" y desde luego no todas las opiniones son igualmente válidas: valen más las que tienen mejores argumentos a su favor y las que mejor resisten la prueba de fuego del debate con las objeciones que se les plantean. 

     Si no queremos que sean los dioses o ciertos hombres privilegiados los que usurpan la autoridad social (es decir, quienes decidan cuál es la verdad que conviene a la comunidad ) no queda de otra alternativa que someternos a la autoridad de la razón como vía hacia la verdad. Pero la razón no está situada como arbitro semidivino por encima de nosotros para zanjar nuestras disputas sino que funciona dentro de nosotros y entre nosotros. No solo tenemos que ejercer la razón en nuestras argumentaciones sino también – y esto es muy importante y quizá lo más difícil– debemos desarrollar la capacidad de ser convencidos por las mejores razones, vengan de quien vengan (...) No basta con ser racional, es decir, aplicar argumentos racionales a cosas o hechos, sino que resulta no menos imprescindible ser razonable, o sea acoger en nuestros razonamientos el peso argumental de otras subjetividades que también se expresan racionalmente. Desde la perspectiva racionalista, la verdad buscada es siempre resultado, no punto de partida:  y esa búsqueda incluye la conversación entre iguales, la polémica,  el debate, la controversia. No como afirmación de la propia subjetividad sino como vía para alcanzar una verdad objetiva a través de múltiples subjetividades. 


Fernando Savater



3 dic. 2012

Al infinito y más allá


"Un catálogo de biblioteca, como he dicho antes, es un ejemplo de lista práctica porque los libros de una biblioteca son finitos en número. Una excepción, por supuesto, sería el catálogo de una biblioteca infinita.
¿Cuántos libros hay en la Biblioteca de Babel que Borges describe con tanta fantasía? Una de las propiedades de la biblioteca de Borges es que contiene libros que contienen todas las combinaciones posibles de veinticinco signos ortográficos, de modo que no podemos imaginar ninguna combinación de caracteres que la biblioteca no previera. En 1622, Paul Guldin, en Problema arithmeticum de rerum combinationibus, calculó cuántas palabras podrían haberse producido con las treinta y tres letras del alfabeto que estaba en uso en ese momento. Las combinó de dos en dos, de tres en tres, y así sucesivamente, hasta que llegó a palabras de veintitrés letras, sin tener en cuenta las repeticiones y sin preocuparse por si las palabras que podían generarse tenían sentido o eran ya pronunciables; y llegó al excesivo número de setenta mil miles de millones de miles de millones (escribirlas hubiera requerido más de un millón de miles de millones de miles de millones de letras). Si escribiéramos todas esas palabras en volúmenes de mil páginas cada uno, a cien líneas por página y sesenta caracteres por línea, necesitaríamos 257 millones de miles de millones de volúmenes. Y si quisiéramos ponerlos en una biblioteca equipada con espacios de almacenamiento cúbico capaces de albergar 32 millones de volúmenes, entonces necesitaríamos 8.052.122.350 de esas bibliotecas. Pero ¿qué reino podría contener todas esas edificaciones? Si calculamos la superficie disponible en todo el planeta, descubrimos que la Tierra podría acoger solamente 7.575.213.799 de ellas."



Confesiones de un joven novelista. Eco 

28 nov. 2012

Mirar televisión puede dejarte calvo



El doctor del centro de estudios dermatológico Dr. Pérez  afirma que ver televisión diariamente puede dejarte calvo. Como sabemos La televisión es un sistema para la transmisión y recepción de imágenes en movimiento y sonido a distancia que emplea un mecanismo de difusión. La transmisión puede ser efectuada mediante ondas de radio, por redes de televisión por cable, Televisión por satélite o IPTV. El receptor de las señales es el televisor. El televisor  es un artefacto rectangular con una antena, en sus primeras versiones y que con el paso de los años se han transformado en más delgados y nítidos. Destinado a la recepción y reproducción de señales de televisión. Usualmente consta de una pantalla y mandos o controles. La palabra viene del griego tele (τλε, «lejos») y latín visor (agente de videre, «ver»).

El televisor es la parte final del sistema de televisión, el cual comienza con la captación de las imágenes, sonidos en origen, su emisión y difusión por diferentes medios de las mismas. El televisor se ha convertido en un aparato electrodoméstico habitual, cotidiano y normal con amplia presencia en los hogares de todo el mundo. El primer televisor comercial fue creado el 26 de enero de 1926 por John Logie Baird. En la tele, podemos ver  series, dibujos animados y diferentes programas de entretenimiento y variedades, también como películas violentas, románticas, comedia, terror, etc. Las personas hoy día pasan muchas horas delante del televisor es por eso que el Dr. Pérez dice que la televisión puede dejarnos calvos.

Así son las noticias de hoy

9 oct. 2012

El hombre sin ideas

La intolerancia puede definirse, aproximadamente, como la del hombre que carece de opiniones. La intolerancia es la resistencia con la que recibe las ideas definidas una masa de gente cuyas ideas resultan indefinidas en extremo. La intolerancia podría considerarse como el horrible pánico de los indiferentes. Este pánico de los indiferentes es, en realidad, algo terrible; algo que ha generado persecuciones monstruosas y duraderas. En este sentido, nunca fue la gente muy consciente la que se dedicó a perseguir; la gente muy consciente nunca fue lo bastante numerosa. Quienes llenaron el mundo de fuego y de opresión fueron aquellos a los que no les importaba nada. Fueron las manos de los indiferentes las que prendieron las teas; fueron las manos de los indiferentes las que accionaron el potro de tortura. Ha habido algunas persecuciones surgidas del dolor de una certeza apasionada, pero esas no produjeron intolerancia, sino fanatismo, algo muy distinto y en cierto sentido admirable.

La intolerancia, en general, ha sido siempre la omnipotencia constante de aquellos a quienes nada importaba para confinar en la oscuridad y en la sangre a las personas con convicciones.

Hay gente, sin embargo, que escarba todavía más en busca de los posibles males del dogma. Son muchos los que creen que una convicción filosófica fuerte, si bien no produce (como ellos perciben) esa enfermedad lenta y fundamentalmente frívola que se conoce como intolerancia, sí genera una cierta concentración, exageración e impaciencia moral que convenimos en llamar fanatismo.

Aseguran, en pocas palabras, que las ideas son cosas peligrosas. En política, por ejemplo, suele decirse de hombres como Balfour o John Morley que la abundancia de ideas resulta peligrosa. La verdadera doctrina de esa opinión no es, tampoco en este caso, de difícil enunciación. Las ideas son peligrosas, pero el hombre para quien menos peligrosas resultan es precisamente para el hombre de ideas.
El hombre de ideas está familiarizado con ellas, y se mueve entre ellas como el domador de leones. Las ideas son peligrosas, pero el hombre para quien más peligrosas resultan es precisamente el hombre que carece de ellas. El hombre que carece de ideas sentirá que la primera idea entra en su cabeza como el vino en la cabeza de un abstemio. En mi opinión se trata de un error, frecuente entre los idealistas radicales de mi propio partido y período, sugerir que los financistas y los hombres de negocios son un peligro para el imperio porque resultan muy sórdidos y materialistas. La verdad es que los financistas y los hombres de negocios son un peligro para el imperio porque pueden mostrarse sentimentales en relación con cualquier sentimiento, e idealistas en relación con cualquier ideal; cualquier ideal con el que se tropiezan. Del mismo modo en que un muchacho que no sabe mucho de mujeres se apresura a tomar a cualquier mujer por «la mujer», así esos hombres prácticos, poco acostumbrados a las grandes causas, se inclinan siempre a pensar que, si se demuestra que algo es un ideal, ya está demostrado que se trata de «el ideal».

Muchos de ellos, por ejemplo, siguieron convencidos a Cecil Rhodes porque éste tuvo una visión. Podrían haberlo seguido también porque tenía una nariz. Un hombre sin alguna clase de sueño de perfección es tan monstruoso como un hombre sin nariz. La gente, hablando de algún personaje, y entre susurros enfervorizados, dice de él que : «Conoce su mente», que es lo mismo que decir, entre los mismos susurros enfervorizados: «Sabe sonarse la nariz». La naturaleza humana no puede subsistir sin una esperanza ni una meta de algún tipo; como se expresa sensatamente en el Antiguo Testamento: «Donde no hay visión profética, el pueblo perece». Pero es precisamente porque al hombre le hace falta un ideal por lo que un hombre sin ideales se encuentra en permanente riesgo de sucumbir al fanatismo. No hay nada que deje al hombre tan expuesto a la súbita e irresistible incursión en una visión desequilibrada como el cultivo de los hábitos empresariales. Todos conocemos a eminentes empresarios que creen que la Tierra es plana, o que el señor Kruger encabezaba un gran despotismo militar, o que los hombres son granívoros, o que Bacon escribió las obras de Shakespeare.

Herejes G.K. Chesterton

17 sep. 2012

¿Qué es la Teología?

En la filosofía se dice que lo más difícil del acto de conocer es tratar de definir; podemos enumerar, describir y hablar de las  características de las cosas que nos rodean, pero es especialmente  arduo definirlas. Debido a esto  abordar, qué es la teología, resulta complejo (y muy limitado para este espacio).  Sin embargo, esto no ha sido obstáculo para que a través de la historia pensadores cristianos o no,  hallan  intentado establecer qué significa la teología.  Por ejemplo Aristóteles le daba dos sentidos a la palabra teología: Uno tenía que ver con las invenciones de mitos, y otro,  relacionado con la ciencia que habla de Dios, este último sentido dado también por  san Agustín .  En la época patrística  la teología será el conocimiento de Dios o la Trinidad, y  desde los padres griegos hasta la alta edad media,  encuentra  su origen en el estudio de las sagradas escrituras . Resulta importante un estudio histórico por que nos da luces para la elaboración de un concepto propio.

    Podemos decir que la teología cristiana es una ciencia cuyo punto de partida es la  Revelación, de ahí se da por sentado la existencia de un Dios, y además de un Dios que es capaz de comunicarse, es decir, que puede revelarse;  se  parte también de un hombre que es capaz de acoger esa revelación, que en cierta forma entiende lo que Dios quiere comunicar.  La revelación entonces, acontece en la experiencia humana y se expresa en los testimonios de fe por parte de los hombres a través de su historia. Pero existe un hecho  más fundamental  que cualquier otro para la teología cristiana, hablamos  de la  máxima revelación conocida: la encarnación de Jesús de Nazareth,  como dice Juan,  la encarnación de la  Palabra; este suceso  se ha plasmado en la historia a través de los evangelios, y son estos los que marcan de manera  concreta el fundamento de estudio de toda teología cristiana. 

En otro orden, afirmamos que “La teología es escucha atenta de los testimonios y reflexión crítica sobre la palabra revelada”    es escucha en cuanto trata de entender e interpretar la experiencia del hombre y la trascendencia,  y es reflexiva, porque hace un intento de  penetrar y conocer  estas experiencias. Decimos que busca dar respuestas, pero antes se interroga e interroga a la revelación.  Y es en ese acto donde muestra su carácter crítico.

     La teología  es ciencia en su sentido más abarcador por cuanto es conocimiento de una realidad, que es y ha sido parte del hombre.  No podemos inscribir a la teología en el significado de “ciencia” como lo entiende la modernidad, ya que uno de sus principios es que esta ciencia debe ser demostrable a través del un método científico. La teología no entra dentro de este marco, sin embargo, ofrece una manera de conocer una realidad tangible, porque afecta y modela al hombre, en su historia y en su actuar. Es ciencia en un sentido amplio porque posee un método propio, unas categorías, una estructura, se encarga de pensar  y sistematizar lo que ella llama la Revelación.

Ahora bien, esta  ciencia  ¿qué estudia?  ¿Qué  o quién es Dios?  o en cambio es una ciencia que estudia qué ha comunicado Dios, en otras palabras ¿cuál es su objeto? Decimos que Dios no es evidente, como apunta santo Tomás lo conocemos por sus “efectos” y no porque se nos muestre tal cual es, de ahí que la teología lo asuma como presupuesto de su estudio.  Este Dios que está más allá de las posibilidades humanas, es imposible de analizar,  experimentar (científicamente), o manejar, es decir, no lo podemos encerrar en un laboratorio para su análisis, el mundo no lo puede contener (en palabras teológicas).  Sólo  la  Revelación puede ser sometida a un análisis o a un estudio por parte del teólogo, pero cabe preguntarse ¿cuál es el propósito del estudio de la Revelación?, acaso no es en última instancia descubrir ¿qué o quién o cómo es  Dios?  Y que indudablemente nos lleva a otras preguntas fundamentales acerca del hombre. 
La teología parte de la fe, pero sus esfuerzos se concentran en entender aquello en lo cual cree y este esfuerzo se convierte en un saber que el hombre tiene en definitiva sobre Dios.  La teología no puede a puntar a otra cosa que no sea el conocimiento de Dios, no puede eliminar a Dios de su estudio.  Porque si no se convierte en algo distinto de lo que es, podría convertirse en  una Filosofía de la religión o una Historia de las religiones por dar algunos nombres.  Entonces podemos sintetizar lo antes expuesto a fin de dar una definición en: La teología es una ciencia que estudia la Revelación con el propósito de conocer a Dios. 







      [1] Sermon Dei (hablar de Dios)
[2] José Rovira Belloso.  Introducción a la teología  Pág. 55 BAC. 2000. 
[3] Jared Wicks. Introducción al método teológico. Ed Verbo Divino. 1996       

[4] Me parece oportuno agregar, que la teología en un sentido amplio no debe  limitarse a estudiar la  revelación cristiana.
                      

31 may. 2012

La gran tienda

Dos veces en mi vida me ha dicho un director literalmente que no se atrevería a imprimir lo que yo había escrito porque ofendía a los que publicaban anuncios en su periódico. La presencia de semejante presión existe en todas partes bajo una forma más silenciosa y sutil. Pero tengo un gran respeto por la franqueza de este particular director, porque evidentemente era de una máxima franqueza posible para el director de una revista semanal. Dijo la verdad acerca de la falsedad que tenía que decir.

En ambas ocasiones me negó la libertad de expresión porque decía yo que las tiendas que ponían anuncios y las grandes tiendas eran en realidad peores que las pequeñas tiendas. Puede resultar interesante señalar que esta es una de las cosas que ahora le está prohibido decir a un hombre, quizá la única cosa que le está prohibido decir. Si se hubiera tratado de un ataque al gobierno se hubiera tolerado. Si se hubiese sido un ataque a Dios hubiera sido respetuosa y atinadamente aplaudido. Si se hubiese tratado de injuriar al matrimonio, o el patriotismo, o la honestidad pública hubieran anunciado en los titulares y se me hubiera permitido extenderme en los suplementos del domingo. Pero no es probable que un gran periódico ataque a la gran tienda, puesto que él mismo es a su modo una gran tienda y cada vez más un monumento al monopolio.

Extracto del libro Los límites de la cordura, el distributismo y la cuestión social. Por G. K. Chesterton