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Mostrando las entradas de agosto, 2010

Aproximación al tomismo II

      Chesterton propone 3 dificultades para  la comprensión de la filosofía tomista. La primera tiene que ver  con la dificultad de la palabra “ens”  y su comprensión en las lenguas modernas. La segunda tiene que ver con el método lógico (es lo que sigue a continuación) y la tercera la diferencia que hay entre la filosofía moderna y la tomista cuando habla de “materia” y “forma.”      Nunca he entendido las razones por las cuales se supone que el silogismo es algo burdo y anticuado, y menos entiendo a quienes hablan de que la inducción ha suplantado la deducción. Todo el mecanismo de deducción consiste en que premisas verdaderas producen conclusiones verdaderas. Lo que llamamos inducción se reduce aparentemente a recoger un número mayor de premisas verdaderas o quizá, si se trata de materia físicas, a un preocuparse con mayor cuidado por ver que aquellas sean verdad. Es posible que a partir de un número mayor de premisas el hombre moderno pueda colegir más cosas acerca de microbios o

Aproximación al tomismo I

     El único propósito de este capítulo es mostrar que la filosofía tomista se acerca más a la mentalidad del hombre de calle, que la mayoría de las filosofías… El hombre vulgar se niega a admitir que Hegel pueda existir y no existir al mismo tiempo, o que pueda entender a Hegel cuando no existe ningún Hegel a quien entender. Ha esto me referí cuando dije que la filosofía moderna empieza por una piedra de tropiezo y escándalo. No es ciertamente esgarrado decir que hay, al parecer, un giro redondo y una total inversión cuando se dice que los contrarios no son incompatibles o que una cosa puede “ser” inteligible y no “ser” (existir) en modo alguno.      Contra todas estas posturas la filosofía de santo Tomás se levanta sólida y firme, fundada en la convicción común y universal de que los huevos son huevos. El hegeliano puede decir que un huevo es en realidad una gallina ya que es parte de un proceso sin fin de “devenir”  ; el berkeliano puede decir que el huevo frito sólo existe  en

La parábola del racionalista

—— Una vez conocí a un hombre como usted, Lucifer —— ¡No existe otro hombre como yo! —— gritó Lucifer con tal violencia que estremeció la nave. —     Como iba diciendo — continuó Miguel — ese hombre opinaba también que el símbolo del cristianismo era un símbolo de barbarie y de sinrazón. Su historia es un tanto divertida. Viene a ser una alegoría perfecta de lo que ocurre a los racionalistas como usted. Comenzó, por supuesto, negándose a tolerar el crucifijo en su casa, ni siquiera pintando, ni pendiente del cuello de su mujer. Decía, igual que usted, que era una forma arbitraria y fantástica, una monstruosidad, amada por ser paradójica. Después fue haciéndose cada vez más violento y excéntrico; quería derribar las cruces de los caminos, porque vivía en un país católico romano. Finalmente, en un acceso de furor trepó al campanario de la iglesia parroquial y arrancó su cruz, blandiéndola en el aire y profiriendo grandes soliloquios, allá en lo alto, bajo las estrellas. Una tarde, todav